
Foto de Chema Madoz



Continúa la vida y las horas pasan, sumergida la ilusión en aguas dulces. El reposo en el pequeño islote "Perejil", ya península. Sigue descendiendo el agua aunque mis sueños vayan ascendiendo minuto a minuto.
Para qué sufrir y añorar si esas aguas son como plumas de cisne para mi cuerpo desnudo. Mitigo el ligero cansancio tras la travesía, a nado, tumbada al sol como las lagartijas. Algunas me acompañan. Se quedan quietas junto a mi. Sólo el murmullo del agua que choca contra la roca cuando alguna lejana embarcación las hace despertar y las olas lamen mis pies.
En lo alto, el inverómil puente de hierro conduce a los portugueses hacia otros lares, algunos vienen de Francia, emigrantes doloridos por la ausencia lusitana. Retumban los camiones sobre el asfalto y yo sigo soñando.
De regreso, vuelvo a subir la empinada cuesta y me encuentro con mi hogar hecho de piedra y abultadas uvas. Me sigue todavía el reflejo del sol sobre el agua.
En soledad me miro en el espejo y sonrío.


















