
Nacemos y crecemos y aspiramos a crecer más y más
saber y conocer, descubrir, desentrañar misterios inescrutables.
Y, de pronto, hallamos esa similitud y nos atrapamos en ella.
Se detiene el ritmo de la respiración. Oh, milagro. Ahí, en el fondo marino, ahí, mi ser en una coracola. Me reconozco y me complazco en ello.
Ahí el epicentro. La vida misma. El silencio de las cosas.













