9 de noviembre de 2006




Piezas insustituíbles.

Y se mueren todos los ángeles.
el bufón
el jorobadito
la bella ninfa.

Ese tullido que vendía lotería por las plazas
¿acaso no era un ángel?

Un día toparon con una nube negra
y se precipitaron al lodo.

Piezas insustituíbles.

Se les rompieron las alas.
A los jorobaditos se les rompieron las alas
y se les amontonaron sobre la espalda.

Y sin embargo eran piezas insustituíbles.

3 de noviembre de 2006

"Que quede claro que yo soy homosexual declarado, pero con eso hago lo mismo que con lo demás, no voy pregonándoló porque no soy "la violetera"

Así se expresa en una entrevista Álvaro Pombo, recientemente galardonado con el Premio Planeta 2006 por su novela: "La fortuna de Matilda Turpin". En ella aborda la homosexualidad con la máxima dignidad y respeto en un momento de euforia que él aprueba y apoya, pero sin obviar las dificultades que conllevan las promesas de fidelidad mutua. Los valores y los afectos en pareja, también en las parejas heterosexuales, en suma, son protagonistas en su novela, como son las relaciones cuotidianas, pero "lo que no se puede hacer es el elogio de la superficialidad y la frivolifad triunfantes hoy".

Sin entrar en los entresijos que conlleva hoy el debate de la homosexualidad, -"porque es un asunto dificilísimo se pongan como se pongan"- y lo que ha derivado su aceptación como es la legalización del "matrimonio" entre parejas del mismo sexo o incluso, de la adopción de niños, (muy discutible y peligrosa por cierto) lo que yo quiero resaltar aquí es el talante del galardonado al abordar el tema, en el que deja claro que se puede tener esa condición llevándola con elegancia y sin aspavientos, al estilo de los que nos tienen acostumbrados en los medios de difusión, que no sólo invitan a "que se salga del armario", sino a que se presuma y se jacte de ello.

Se puede ser homosexual como se es heterosexual, pero no es obligatorio hacerlo público ni que de ello se genere espectáculo alguno.

1 de noviembre de 2006

Apenas restan quince minutos para que concluya el Día de Todos los Santos y me siento un poco aturdida, perdida y apenada y no sé por qué ilustro este post con esa imagen robada hace dos días a una calle de Madrid. Me acababan de comunicar la muerte de una amiga, no por esperada -el terrible cancer- menos dolorosa.

Mi amiga era bella, rubia, alegre, dinámica, llena de vida aunque le rondaba la muerte desde hacía tiempo. Me comunicaron su muerte por teléfono y yo no iba a estar en su entierro. Se parecía a la chica del anuncio, ya lo he dicho: bella y rubia, alegre y dinámica. Fueron muchos años de compartir sensaciones. Su último hijo y mi única hija nacieron el mismo año con apenas tres meses de diferencia. Con quince años ambos, fueron un poco "novietes". Era el 14 de febrero, día de los enamorados y mi amiga me había encontrado por la calle y me había dicho: "Hoy he salido con Manuel, -su hijo pequeño- para comprarle un regalo a tu hija.
Nos reímos ambas....y aquello pasó como pasan los primeros amores, las primeras ilusiones. Lo triste es que mi amiga seguía llena de ilusiones, incluso a sabiendas de que le quedaban muy poquitas, pero vivía la vida minuto a minuto hasta que se fue. Hace dos días. Hoy su bello cuerpo es pasto de la oscuridad y del silencio. Hoy el cementerio ha sido un devenir populoso de los que se quedan -todavía- de momento.

Descansa en paz amiga mía.

29 de octubre de 2006


De todo lo que he leído durante este fin de semana, me ha llamado la atención un artículo de Angeles Caso que titula "Honor a los traductores", donde habla de la callada labor que realiza este gremio, casi opaca, desapercibida para los lectores, pero sin embargo tan protagonista e importante, porque gracias a su trabajo hemos temblado de felicidad, hemos dado a nuestras vidas sentido al intentar entender "la omnipontencia de Jehová, la sabiduría de Platón, el rigor de la ley romana, la humana profundidad de Shakespeare, el espíritu libre de Voltaire, la luz vacilante de Goethe, el desasosiego de Kafka..."

Tomamos un libro entre las manos y casi nunca aparecen datos sobre el traductor del mismo, ninguna referencia que nos hable de sus conocimientos o de su experiencia. ¿Se repara en el nombre de la persona que se ha esforzado en verter a un idioma comprensible para nosotros todo el talento, la magia e inteligencia de un autor, sea éste filósofo, jurista, poeta, dramaturgo...? ¿Sentimos curiosidad por saber algo de sus vida, algo sobre sus esperanzas rotas ante tanta impotencia...?

Por desgracia, el trabajo de los traductores no está valorado, ni intelectual ni económicamente, aunque tengan que pasar noches enteras sin dormir para entregar sus encargos, solicitados sin consideración, con excesiva premura.

Existe una dictadura, casi malévola, por parte del autor (y del editor) que hacen opacos a los traductores, inexistentes a los ojos del lector. Y sin embargo, afirma Caso, "¿qué sería del mundo sin la labor de todas estas personas que a lo largo de los siglos han dedicado horas y horas a captar el soplo vital que palpita en cualquier texto?"

Reconozcamos su trabajo, paguémosle el esfuerzo al tiempo dedicado, correspondámosles para que afronten la vida con la dignidad que se merecen. Pongámosle una corona de laurel sobre la frente.

27 de octubre de 2006



¿Quién no tiene una joroba
y un gran saco de lágrimas...?
¿Y quién ha llorado ya bastante...?


Más sencilla...más sencilla...
Sin barroquismo...
Sin añadidos ni ornamentos...
Que se vean desnudos
los maderos...
Desnudos...
y decididamente rectos:
Los brazos en abrazo hacia la tierra..
el ástil disparándose a los cielos...

Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto...
este equilibrio humano
de los dos mandamientos.

León Felipe

y quién ha llorado ya bastante...?
que lo diga
que confiese su pena
y su naufragio.

que no busque palabras
para adornar sus versos
que se quede suspenso
bajo el cielo.

23 de octubre de 2006

Manos enlazadas


Hoy mi desayuno no ha sido un "desayuno con diamantes" sino con unas sencillas cuentas de rosario. Y me he quedado así, un poco sola, como la imagen de la Virgen de la Soledad.

Atentos el uno al otro, Carlos Sousa Almeida y yo. Él a lo que yo escribía, yo a la imagen que me enviaba, ha transcurrido un año de compartir el suelo ibérico mediante la observación y desde la distancia que nos separaba.

El proyecto era ese y lo hemos cumplido.

A lo largo de este año, sin verlas, mi amigo ha podido apreciar algunas de mis lágrimas como yo he intuído las suyas. Hemos intentado enjugarlas con palabras de consuelo. Hemos compartido la esperanza y la desesperanza, apoyando la cabeza en nuestros lejanos hombros. Hemos sufrido el desencanto que produce la incomprensión que atenaza cada día. Ha sido un año de escrutar la mirada desde lejos, de intentar estrechar las manos de nuestros pueblos.

Gracias también a ti, mi amigo, por tu comprensión y amistad. Hasta siempre.

Concha Pelayo Rapado.