
Nombres como Carlos Amigo, Cardenal Arzobispo de Sevilla, Andrés Vázquez, torero, Jesús López Cobos, el toresano más universasl, Javier Gómez de Liaño, el Juez que se sintío injuriado, la soparano Teresa Berganza , la actriz Nati Mistral, la que recita con la voz más profunda, Quintín Aldea, Académico de la Real Academia de la Historia, el escritor Jesús Ferrero. el poeta Jesús Hilario Tundidor, el eurodiputado Jaime Mayor Oreja, los periodistas José Luís Pécker gran conocedor de todos los imagineros españoles y muy concretamente de los zamoranos o Antonio Casado, el empresario Augusto Alonso de Auditorium Hoteles, Luciano García Lorenzo, director durante tantos años del festival delTeatro Clásico de Almagro, el campeón del mundo de motociclismo Angel Nieto y, cómo no, el alcalde de la ciudad Antonio Vázquez y el nuevo obispo don Gregorio Martínez Sacristán entre otros, han dejado plasmadas en esta obra sus sentimientos más arraigados y sus emociones más profundas lo que justifica perfectamente el título de este libro, porque dejar huella es el verdadero afán del hombre y en ello encuentra su premio y su castigo.
Como coordinadora y directora de este trabajo he de decir que ha sido para mí un auténtico placer y un privilegio ir descubriendo, una a una, todas esas huellas, todas esas emociones, que se han venido a sumar a las mías propias y que os dejo aquí:
Y a mí, quién va a sosegarme tras estas emocionantes huellas de los que me preceden...?
Aquií se han revolucionado los recuerdos, la fe, la esperanza, la añoranza, la pasión por lo de uno, por lo que fue y permanece pese a los avatares de cada cual, pese a la lejanía y circunstancias. Todo se ha revolucionado muy adentro y el nudo estrangula y se hace más tenso e inverosímil para que resista a la fuerza de tanta belleza, para que se rindan los ojos o las rodillas ante tanto dolor, ante tanta plegaria, ante tanto afán.
Las imágenes conviven en el recuerdo como el beso o como el pecho de la madre que nos guía y protege. Ambos nos alimentan de por vida y a ellos recurre nuestra memoria como el amante fiel recurre a la suya a cada instante, para evocar a su amada.
Semana Santa: siete dís con sus siete tardes y sus siete noches, con sus siete alboradas con niebla y frío, con sol y con lluvia, con lágrimas que escapan y resbalan por las mejillas, unas veces por el frío, otras por la emoción. Siete días como esas Siete Palabras que encierran la Gran Verdad sobre la Pasión del Señor. Todos en manos de todos y todos solos.
Huellas de emoción, huellas de cirios derretidos en el suelo, huellas de pies descalzos, huellas de aromas añejos que aparecen con la brisa, al doblar cualquier esquina. Huellas que se esculpen en las aguas del Duero y tiemblan al gemir las campanas de la Catedral. Huellas de abrazos entre amigos, de gritos y de susurros. De cánticos y de risas. Huellas, huellas, huellas.
Zamora, en Semana Santa, es el nexo espiritual. La ansiada meca occidental a la que hay que acudir puntual para, sentir lo más íntimo y lo más descarnado. Unos evocarán a los santos de sus pueblos, a las ancianas arrodilladas, encorvadas sobre sí mismas. Otros sentirán estremecidos el estruendoso crujir de la carraca a su espalda. O el tristísimo tañer de campanas allá, en lo más alto de la espadañaa...O vivirán el luto obligado de la época sin música, sin ruido, sin alegría: había muerto el Hijo de Dios y el luto obligaba a bajar los ojos y a cerrar el alma. Unos y otros, cada cual con sus recuerdos, cada cual con sus vidas. Todos unidos sintiendo la misma emoción.
Ha cambiado la historia de nuestros días. Los zamoranos saben callar y temblar, saben que su Semana Santa es el patrimonio más vital que han heredado de sus mayores y lo viven con intensidad para hacerlo vivir a los que, todavía llevan de la mano.
Concha Pelayo.