




De la Santa Iglesia Catedral partió la Hermandad Penitencial de Nuestro Señor Jesús de Luz y Vida, obra del imaginero Hipólito Pérez Calvo, quién, como cada año, no falta a la cita para ver partir a su hijo. "Es como si fuera un hijo para mi, por eso vengo". Claro, como un padre o una madre orgullosos de ver al hijo desfilar.
Previo a la salida de la procesión, el acto litúrgico de la imposición de medallas a los nuevos cofrades/hijos/socios. Niños en su mayoría y muchos chinitos, prueba de la generosidad y solidaridad de los zamoranos que, según estadísticas, es en Zamora donde más niños se adoptan en España proporcionalmente a los habitantes.
Y el nuevo Obispo zamorano se estrenaba, no como oficiante sino como espectador. Y la Catedral, durante el acto y la posterior misa fue un clamor: murmullos, conversaciones, caminatas, paseos, lloros, gritos....Al final, uno de los oficiantes tuvo que llamar la atención, recriminar a la feligresía por el mal comportamiento, "incluso en el momento de la Consagración" -apostilló entristecido-. Yo pensaba en el nuevo Obispo y en la mala impresión que debió recibir, tanto como le han hablado del silencio, del fervor, del respeto de los zamoranos para con su Semana Santa.
Claro que, como si de un milagro se tratara, a la llamada de un acuerdo tácito no escrito en parte alguna, la chusma hizo un penitencial silencio que continuaría hasta la llegada al Campo Santo, incluso hasta el regreso, ya de vuelta para retornar a la Catedral.
Para entonces, don Gregorio, el Obispo, ya habría comprobado que lo que le decían era cierto. Ni vítores ni aplausos, ni una palabra más alta que otra. Las gentes de Zamora son así.