El domingo, 29 de abril, muchos mejicanos se habían acercado hasta las ruinas de Teotihuacan porque cuenta la leyenda que éste es el lugar"donde los hombres se hacen dioses" o "el lugar de los dioses". Decenas de familias, unidas y fervorosas, ascendían pacientemente hasta alcanzar la cima. Algunos llevaban muletas, algunos, incluso, de avanzada edad. Quemaba el sol y llovía de repente. Según me contaron, en ese lugar llueve siempre a las cinco de la tarde. Doy fe de ello. Dios sabe bien de la fe de estas gentes, de sus oraciones, de su fervor sin límite.
La mirada se deja llevar con facilidad de los oráculos de piedra y cal a los vendedores ambulantes que ofrecen plata a buen precio. "Te habrán dicho que mi plata es mala pero no es verdad, lo que ocurre es que ellos se llevan comisión si compras donde te indican". "Fíjate, todas las piezas están grabadas con el 925" -parece ser el distintivo que acredita al metal-.
No se equivocaban los vendedores. Sin embargo la dulzura, los buenos modos, la paciencia. Y es que a estos pueblos les domina la paciencia. El tiempo es oro porque dan todo su tiempo y el que lo recibe comprende que le están dando lo mejor.
Parece ser que los aztecas vieron en los españoles a su dios, el dios de tez blanca de rostro barbado. Esta fue la razón por la que Moctezuma los recibió amistosamente. Todavía siguen recibiendo a los de tez blanca amistosamente. Con los brazos abiertos. Con sus danzas, con sus esplendorosos frutos. Con sus mariachis.


