3 de marzo de 2010

Madrid, siempre Madrid


















Madrid, ¿qué se puede decir de una ciudad en la que nadie se siente forastero?
Pasear sus calles o escrutar sus rincones, siempre resulta sorprendente, aunque se vean las mismas plazas o placitas, amplias avenidas o calles recónditas e inverosímiles. Siempre esa visión cosmopolita y castiza a la vez que estimula y agrada. El trompetista en la misma esquina del Palacio de la Ópera, los jardines del Palacio Real al frente, se va la imaginación a la boda de Letizia y el Príncipe Felipe, se va la imaginación a la mismísima historia de España, a los Austrias, se va la vista a las mangíficas estatuas de los numerosos reyes de España, allí, erguidos sobre sus pedestales, aguantando el frio y el calor, escuchando los murmullos de los enamorados o de los pobres parias que duermen en la calle sobre un helador banco de piedra. O esa familia de amorosos gatitos que hacen las delicias de los usuarios que esperan el tren de cercanías en la estación de Príncipe Pío.

Madrid, entre la nostalgia del pasado y el esplendoroso presente.

Madrid, siempre Madrid.

26 de enero de 2010

Villardiegua de la Ribera














































Aunque el día amenazaba lluvia, nos sorprendió el sol cuando llegamos a nuestro destino: Villardiegua de la Ribera. Una vez dejamos los coches junto a la Iglesia, no sin antes tomar un café en la Casa de Turismo Rural de nuestra amiga Manuela, nos encaminamos hacia la Peña Redonda.
El campo verde, los senderos amables, los árboles semidesnudos, la tierra vibrante, sintiendo que el fluir de la vida que ya está cerca, preparada para el encuentro, para la germinación, para el amor, al fin. La primavera es un canto al amor, que la celebran de la misma forma los hombres y la propia naturaleza.
En el camino nos cruzamos con un jinete, a lomos de su caballo blanco. Cruzamos unas palabras con el inesperado caballista. Disfrutaba del lugar como disfrutábamos nosotros.
Pronto descubrimos, excavados en rocas de granito, pocillas donde, en otros tiempos, los buscadores de oro, lavaban la tierra para encontrar entre ella el preciado metal. Los riachuelos, a nuestro alrededor, con su rápido discurrir, nos invitaban a acercarnos a ellos, nos incitaban a contemplar su belleza, casi nos hablaban. Pequeños molinos, perfectamente restaurados, surgían a cada paso. Las piedras de moler, todavía indemnes. La imaginación se desbordaba, como los torrentes se desbordaban, como las aguas del Duero, allá abajo, casi en el abismo, para la ocasión del color de las tejas, rojizas, oscuras, casi siniestras. Al Duero lo abrazan farallones pétreos, sobrecogedores y bellísimos. El sol iluminando, calentando la vida del lugar, aparentemente tan solitario, pero tan pleno, tan pletórico.
Almorzamos junto a la Peña Redonda, frente a las ruinas del que fuera Santuario de Mamede.
Regresamos cuando la tarde era preludio del ocaso. Caminanos veinte kilómetros, apenas sin darnos cuenta. El cansancio es el mejor premio para un día jubiloso. El cansancio físico es la medicina más auténtica para el cansancio del espíritu.








21 de diciembre de 2009

XXX Congreso Nacional de FEPET en Extremadura

























Un nutrido grupo de periodistas y escritores de turismo, con su Presidente al frente, Mariano Palacín, se han reunido en Montánchez, Mérida y Llerena para celebrar su Congreso Nacional número treinta.

Extrema y dura para la ocasión, Extremadura lució sus rigores invernales aunque ello no restó belleza al paisaje, ni entusiasmo a los asistentes. Muy al contrario, las bajas temperaturas y la espesa niebla proporcionaban a senderos, calzadas romanas y a la propia vegetación una visión fantasmagórica, casi cinematográfica. La Princesa Carolina de Mónaco, acude cada allo a estos lares para practicar la caza y dicen que vuelve siempre encantada del campo extremeño.

La niebla, -alguien lo comentó- aunque no había sido invitada, nos acompañaba por un campo de encinas donde las reses bravas, los cerdos criados con bellota y las ovejas de ubres preñadas de leche, fueron nuestros ocasionales acompañantes.

En medio de nuestro divagar, topamos con la encina "La Terrona", la más anciana -dicen- de la Península Ibérica. Tiene una altura de 16,40 metros. Un perimetro en el tronco de 1,30 a 7,75 metros. Perímetro de la base 9,42 metros. Altura del tronco 2,17 metros. Se halla hubicada en el término de Zarza de Montánchez. Un ejemplar bellísimo al que ha debido de apuntalarse para que las ramas de su gigantesca copa no caigan al suelo.

De esta zona extremeña se debe destacar su riquísima gastronomía. El jamón es uno de los manjares que hace la boca agua tan sólo con su aroma. El queso del Casar, jugoso y tierno. Los vinos, los dulces. Todo exquisito.

Francisco Rivero, presidente de la Asociación Extremeña fue gran anfitrión y, en ocasiones, guía complementario, mientras recorríamos el Teatro Romano de Mérida, LLerena en Badajoz y, cómo no, la maravillosa iglesia visigótica del siglo VII, en Alcuéscar, descubierta por casualidad por Juan Rosco, un amante del patrimonio histórico quién nos pormenorizó todos los detalles del hallazgo. Allí se venera a Santa Lucía del Trampal.

Muy próximo al lugar donde se encontraba la encia "La Terrona", e inmerso en la espesa niebla, pudimos admirar un poblado fortificado de la II Edad del Hierro, en Villasviejas del Tamuja en Botija.

Y qué decir de las gentes de Montánchez. Pese al intenso frío, mientras paseábamos por las calles, casi desiertas, las gentes, abiertas y simpáticas se interesaban por nuestra estancia allí. Pudimos conversar afablemente y descubrir la calidad y calidez del pueblo extremeño.