12 de septiembre de 2006



Y yo soñé que mi padre me miraba
con aquellos ojos bravíos,
directos,
en los que destacaban un punto rojo que le confería una mirada
más bravía todavía.
Soñé que mi padre regresaba a casa con su ramillete
de flores silvestres en sus trémulas manos.
Soñé que tartamudeaba cuando oía la voz de mi padre
y me miraba.
Soñé que el Alzheimer era sólo un señor que así se apellidaba.
Yo soñé que mi padre había vuelto
para celebrar su cumpleaños
el cinco de octubre.
Para comprarnos una rosca de anís
el día del Oferetorio,
allí, junto a la Iglesia,
al lado mismo del cementerio,
justamente allí, donde ahora se encuentra,
ya sin mirada, ya sin manchitas rojas
ya sin nada que regalarme.

Yo soñé, creí soñar, que todavía crujían sus pisadas
y mi oído atento las seguían.

La otra noche, yo soñé.

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