25 de abril de 2013

El Duero navegable desde Salamanca a Oporto








No es quimera ni sueño irrealizable. Navegar por el río Duero desde Vega Terrón en Salamanca, hasta Oporto es una realidad que se viene realizando desde hace bastantes años para sorpresa de quienes descubren un río Duero apasionante.

El trayecto entre estos dos puntos se realiza en unos preciosos y confortables barcos dotados de cómodos y amplios camarotes que contribuyen a hacer del crucero una travesía  inolvidable.

Son doscientos cuarenta kilómetros de recorrido por el Duero/ Douro con un desnivel de ciento treinta metros lo que hace imaginar cómo debía ser ese tramo del Duero antes de construirse las cinco espectaculares esclusas encargadas de dominar y amansar sus trepidantes aguas. Esta circunstancia, por sí sola, ya es lo suficientemente atractiva  para que el curioso viajero sienta una emoción especial antes de embarcarse en tan apasionante aventura.

Al llegar al puerto fluvial de Vega Terrón ya se ha dejado atrás el típico paisaje salmantino preñado de dehesas donde las reses bravas pastan y deambulan entre frondosas y ancianas encinas. El paisaje  cambia por completo y son ahora los olivos, los almendros y los cítricos, vegetación típicamente mediterránea, lo que abunda en derredor. Y esta es la primera sorpresa con la que se encuentra el viajero, el cambio de vegetación debido, precisamente,  a su microclima netamente mediterráneo.

Ya en el barco siguen las sorpresas y la alegría ante lo inusitado. Llama la atención el contraste entre la belleza natural del paisaje y el trabajo que la mano del hombre ha obrado sobre el mismo. Sin embargo, lejos de provocar impacto visual que degrade al entorno, la belleza va en aumento. Las terrazas sobre el terreno, perfectamente delimitadas y ordenadas son una constante a lo largo de todo el recorrido por el río lo que da idea del carácter de las gentes ribereñas: ordenadas, pacientes, generosas y llenas de tesón para afrontar un duro trabajo de siglos que perdura a través del tiempo. Este es el mejor legado que cualquier generación puede recibir de la anterior como símbolo que identifica y enraíza lo más auténtico. Es sorprendente la minuciosidad con que están trabajados cada surco para ir conformando sus terrazas a un lado y otro del Duero/Douro. Parece que quisieran competir una orilla con otra, deslumbrarse ante el resultado de tanta belleza. A medida que transcurre la navegación el paisaje incita a la exclamación continua. Una verdadera cura tanto para el cuerpo como para el espíritu.

Y van surgiendo, en cada recodo del camino las famosas Quintas portuguesas, la primera de ellas la encontramos en Barca de Alva donde destaca la del poeta Guerra Junqueiro, una hermosa edificación que tiñe de blanco el verde paisaje. Un lugar para el sosiego y la ensoñación, el lugar perfecto que busca el artista para dar rienda a su imaginación. Así es la naturaleza de este lugar, esplendorosa en su estado más puro.

Avanza el barco mientras se recibe la brisa del Douro en el rostro y una mezcla de aromas  penetran en los sentidos. Se suceden los olivos y los naranjos, se multiplican los viñedos colgados sobre pequeñas estacas de madera, unidas sus ramas unas a otras, suspendidas en el aire, sin rozar el suelo. El río se abre alborozado en ocasiones o se estrecha amenazante. Y emergen los grandes roquedales, limpios de vegetación como el célebre “Cachào” de Valeira, el que produjera numerosos naufragios allá por el siglo XVIII hasta que se puso fin a aquella maldición en el reinado de Doña María de Portugal haciendo demoler la gran roca.

El típico pitido del tren circulando por la estrecha vía férrea que acompaña al Douro, distrae un momento nuestra atención. Algunas manos se agitan desde las ventanillas mientras el tren sigue su curso acompañando el discurrir del río.

Llama la atención que pese a la evidente mano del hombre, apenas  muestra su presencia a lo largo de nuestro recorrido, al contrario que en el Nilo en  cuyas orillas llenas de vida, se afanan las mujeres y juegan los niños mientras los animales les acompañan. Recordé las palmeras y su dorada luz y las arenas del desierto. La vida de las gentes que habitan en los grandes ríos tiene mucho que enseñar. También las Quintas portuguesas, aunque habitadas, se muestran solitarias. Algún campesino, de vez en cuando, observa el bogar de  nuestro barco. También nos llama la atención la disposición de las casas en la ribera del Douro, siempre mirando al río, mientras que las que nos encontramos en la parte española le dan la espalda. Filosofías diferentes de vida.

La primera esclusa la encontramos en Pocinho y una fuerte emoción ante lo desconocido nos embarga. Son veinte metros de altura. El barco se desplaza hacia una especie de aparcamiento de hormigón. Delante de él una enorme compuerta de hierro y los pasajeros nos encontramos ante un espectacular “telón de acero” que nos impide el paso. La tripulación sirve, cómo no, vino de Oporto y deliciosos aperitivos mientras dura la maniobra antes de salir de nuevo a río abierto. Veinte minutos mágicos que se han pasado sin sentir.

Regua y Lamego. Parada y visita a la ciudad cultural de Douro. A lo lejos el hermoso Santuario de Nossa Senhora dos Remédios que se nos muestra  como un fantástico óleo barroco en la distancia rodeado de exuberantes bosques. Son más de seiscientos escalones los que hay que salvar para llegar hasta el Santuario. La ciudad nos recibió en fiestas y las calles engalanadas embellecían más si cabe la decoración barroca de todos sus monumentos.




Antes de finalizar nuestro viaje las esclusas fueron siendo protagonistas. La más espectacular la de Carrapatelo, con treinta y seis metros de altura, la más alta de Europa y una de las mayores del mundo. El “telón” en esta ocasión, tiene forma circular y antes de levantarse para permitir nuestro paso, muchos curiosos ya se han apostado en la parte superior de la misma nos saludaban con la mano. A nuestros ojos nos parecían minúsculos puntitos.

Ya falta muy poco para llegar a Oporto. Las Quintas se suceden con mayor afluencia como se multiplican las casitas, las embarcaciones, el movimiento de las gentes trajinando sus tierras, pescando o paseando en sus barcos de recreo y bañándose en las tranquilas aguas. La urbe asoma, romántica y decadente. Los cinco puentes que dibujan el famoso puerto de Oporto, son para esta ciudad lo que la Torre Eiffel es para París o la Puerta de Brandenburgo para Berlín o la Cibeles para Madrid. Cinco airosos puentes que pintan el cielo de Oporto para unir a la ciudad que se divide en dos. Las Bodegas de Sandeman muestran orgullosas el hombre de la capa y el sombrero jerezano. El barco dio unas cuantas vueltas bajo los puentes para que esa primera visión de Oporto no se nos olvidara. Imposible olvidar.

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