16 de marzo de 2013

Ronda, remota y enigmática





















Ronda estaba en mis apetencias desde hace muchos años, tal vez desde que conocí por primera vez Andalucía y sus paisajes se me quedaron colgados del alma. Ronda rondaba por mi cabeza mientras me ayudaba a construir imágenes robadas a leyendas, a historias leídas en tiempos de juventud. En Ronda había un puente colgado de un siniestro abismo que perturbaba mi imaginación. Desde ese puente inverosímil debían despeñarse las cabras, algún bandido huyendo de la justicia o servía de tumba a los enamorados desengañados. Ronda, como digo, siempre había sido el santo y seña de leyendas y de mitos, de vírgenes morenas, rebeldes y díscolas, de bandeleros y de toreros, de trabucos y afiladas dagas, de hermosos corceles en alocadas carreras a través de montes y veredas.

Por fin Ronda ante mis extasiados ojos, ante mi imaginación que va dejando de serlo para que sueño tan acariciado se convierta en realidad. Y heme aquí a la entrada de la Iglesia parroquial del Espíritu Santo, edificada por Fernando el Católico donde me encuentro con una baldosa de mármol que lleva marcada, en el centro, la huella de la herradura de un caballo que camina en sentido contrario del visitante. 

Tengo que hacer esfuerzos para que mi imaginación no se desborde. Me cuentan que esta piedra así sellada fue la que pisó el monarca aragonés cuando entró triunfal en Ronda. La huella ha quedado ahí, perenne, como recuerdo de aquella triunfal hazaña que despistaba al enemigo, valiéndose del ardid de ordenar que fuesen cambiadas las herraduras de los caballos de su sejército para engañar a los rondeños haciéndoles creer que se alejaba. 

Dicen que Ronda está rota, rajada en dos, y así se nos muestra desde ese puente infernal pero Ronda, dicen también, sonríe y goza de su estratégica situación, inexpugnable durante mucho tiempo, porque ha sabido preservar sus casas colgadas desde cuyas ventanas la mirada se pierde en la serranía, sus jardines principescos, sus torres y murallas, sus señoriales palacios, cuyos blasones dicen mucho de sus importantes dueños. Otro de sus tesoros son los Baños Árabes de Ronda que están considerados como los mejor conservados de Europa. 

Lentamente mis pasos me conducen a su Plaza de Toros, una de las más antiguas y bellas de España. Otra leyenda de la imaginación que se me muestra altiva e imperiosa. Por esta plaza han hecho su pasaíllos la saga de los Ordóñez cuyas faenas han sido protagonistas de plumas como la de Ernest Hemingway, escritor al que le unió una gran amistad que duró toda la vida. Las hijas del torero llamaban al escritor "Papá Ernesto". Orson Welles fue también otro admirador del diestro rondeño, tanto que sus cenizas reposan en la finca "El Recreo" del torero.

Ronda es una ciudad propicia para los grandes amores y los grandes desengaños. Carmen la de Ronda, quedó eclipsada por esa otra Carmen, hija del famoso torero, esposa de torero y madre de toreros. A Carmen no la mató una daga certera sino su propio destino, tal vez, para el que vino al mundo. 

Ronda es paisaje y es historia, es leyenda y es calvario. Pero es también tesón y una generosidad ilimitada por parte de aquellos hombres que se adentraban en la sierra para luchar contra el enemigo, para poner ley donde no la había, o nadie la había escrito. Todas esas historias y leyendas han quedado custodiadas en el Museo del Bandolero que abrió sus puertas en 1995 en pleno corazón de la histórica ciudad. Un museo que tiene como objetivo conservar y difundir la verdadera cultura de una época y unas costumbres que se extendían por toda la Península Ibérica. En el Museo del Bandolero se encuentran: cédulas reales, partidas de bautismo, fotografías, patrimonio bibliográfico, testimonios gráficos que dejaron viajeros ilustres que se acercaron a este lugar atraídos por su fama y atractivo indiscutible. Nombres como Doré, Roberts, Gauthier, Ford, Borrow, Merimée, han quedado marcados para siempre en la historia de Ronda. Al recorrer sus estancias el curioso se topará con frases que quedaron para la historia como la de José Maria el Tempranillo, aquel legendario bandolero que robaba a los ricos para favorecer a los pobres, aquél bandolero rudo pero galante con las damas, gentil como el primero, tanto que, mientras le sustraía la sortija le decía haciéndole una leve reverencia: "una mano tan bonita no necesita adornos". Muchos son los nombres de los famosos bandoleros que dieron fama a Ronda, cada uno con su peculiar historia y todo a la vista para curiosidad de los viajeros. 

La historia de Ronda se adivina paseando por sus calles, observando el semblante de sus gentes, en el interior de sus iglesias, en ese puente que dividió en dos la ciudad, por, sabe Dios qué clase de cataclismo natural. La historia de Ronda es una conjunción de circunstancias pero sobre todo, son las distintas civilizaciones que la poblaron y lo que éstas fueron legando a la ciudad a través de los siglos. Pero también la historia es esa plaza de toros y sus tardes de gloria, son las anécdotas que nos cuentan en el bar o en el restaurante cuando las palabras salen atropelladas al hablar de los hermanos Rivera Ordóñez, de sus novias, de su padre o de su abuelo, incluso de la Duquesa de Alba. 

Sabe Díos los secretos que guarda el río Guadalevín en su discurrir precipitado por el imponente tajo.

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