21 de diciembre de 2006

En invierno es mejor un cuento triste





Conmigo tú no te tengas
remordimiento, madre. Yo te doy lo único
que puedo darte ahora: si no amor,
sí reconciliación. Ya sé el fracaso,
la victoria que cabe
en un cuerpo. El caer, el arruinarse
de tantos años contra el pedernal
del dolor, el huir
con leyes a mansalva
que me daban razón, un cruel masaje
para alejarme de ti; historias
de dinero y de catres
de alquileres sin tasa,
cuando todas mis horas eran horas de lobo,
cuando mi vida fue estar al acecho
de tu caída, de tu
herida, en la que puse,
si no el diente, tampoco
la lengua,
me dan hoy el tamaño
de mi pecado.

Sólo he crecido en esqueleto: mírame.
Asómate como antes
a la ventana. Tú no pienses nunca
en esa caña cruda que me irguió
hace diecisiete años. Tú ven, ven,
mira qué clara está la noche ahora,
mira que yo te quiero, que es verdad,
mira cómo donde hubo
parcelas hay llanuras
mira a tu hijo que vuelve
sin camino y sin manta, como entonces,
a tu regazo con remordimiento.


Claudio Rodríguez:
(mi poeta de agua)


Madre, es Navidad
y hoy, todavía, tú te asomas, también,
a la ventana para vernos pasar
para verme pasar.

Madre, es Navidad
y hoy, todavía te tengo
y escucho tu voz,
la voz que me habla cada día.

Madre, es Navidad
y siento ese infinito crecer
-suerte que tengo-
desde hace ya, no sé cuántos años,
y te tengo todavía.

¿Qué falta me hacen ahora el fuego
o la manta? ¿Qué falta me hacen,
si tu regazo, todavía,
acoge mi frágil ser?

¿Para qué más calor?

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