21 de febrero de 2013

Tánger: ancestral y cosmopolita

























Lo primero que se observa cuando se llega a cualquier ciudad de Marruecos es su población, en su mayoría joven. Cerca de treinta millones de habitantes y más del sesenta por ciento tiene una edad de menos de veinte años, un potencial humano que está ahí, latente, en hibernación, aparentemente sin ganas de progresar porque "prefieren pasar un poco de hambre pero tener paz". Esta frase me la dijo un vendedor ambulante en Tánger respondiendo a mis preguntas.

Tánger, a poco más de una hora en barco desde Tarifa, conserva su sabor medieval, sus ancestrales costumbres que no cambian y que contrastan con el modernismo de la ciudad y su cosmopolitismo de siglos. Pese al flujo constante de ciudadanos que, a diario, viajan a España, sin embargo no permiten que corrientes externas entorpezcan su ritmo de vida en los zocos o en las medinas, en calles y plazas, siempre repletas por gente de todas las edades y etnias.

Hacía unos cuantos años que yo no volvía a Marruecos y pese a lo que observo sobre sus costumbres, sin embargo hay que constatar que el aspecto de la ciudad ha cambiado mucho. Limpieza en sus calles, en los zocos y medinas, en los puestos callejeros, en las casas, en las fachadas, en los jardines o espacios públicos. Han desaparecido las moscas de los puestos de carne o pescado que, hace años revoloteaban a miles sobre pollos, piezas de cordero o vacas. Hoy parece que todo ha mejorado para disfrute y tranquilidad del viajero.

Recuerdo la primera vez que visité Marruecos, hace bastantes años, no pude probar bocado en tres días por lo que veía a mi alrededor y por lo que imaginaba, que no era poco. Pese a todo, aquél mi primer viaje a Marruecos me descubrió un mundo diferente, atractivo y que me caló en lo más hondo de mis sentimientos. Durante muchos días, meses, escuchaba una y otra vez su música, volvía a recrearme en las fotografías que hice y a evocar miles de sensaciones que resultan imposible de olvidar.

Y con esa misma emoción he vuelto a Tánger para encontrarme con el encantador de serpientes, con la música, que a mí se me antoja circular, porque parece que gira y gira formando una espiral inacabable, con los artesanos que tejen, pintan o esculpen, con las sonrisas de los hombres, con el misterio de sus mujeres, con el colorido deslumbrante que nos encontramos a cada paso, con el azul del Mediterráneo, con el calor suave de febrero que es caricia en la piel. He vuelto al Hotel Continental, ese hotel de leyenda construido en 1870 por Ansaldo, un inglés, amigo del Chérif de Ouezzane. Este hotel es uno de los más antiguos y seductores de Tánger. Su gran terraza abierta al Mediterráneo ofrece una espléndida vista. A su espalda se encuentra el popular barrio de Dar Barud.

El hotel abunda en referencias literarias y cinematográficas. Personajes como Winston Churchill, Antonio Gaudi, Pío Baroja, Jacinto Benavente o Somerset Mauhgam permanecieron largas temporadas para escribir, pensar o crear. Todo su interior refleja el arte oriental tanto en las paredes como en la decoración. Llaman la atención las fotografías de sus relevantes clientes colgadas en diferentes estancias.

Pasear por las callejuelas, abigarradas, es escuchar las voces de niños, adolescentes, adultos, hombres siempre, que te rodean, que te dicen que compres, que todo es barato, que el bolso cuesta veinte, diez, cinco, y van bajando el precio a cada paso. Y esta forma de venta en Marruecos es su manera de vivir, de subsistir y de aprender. Todos hablan español, francés, inglés. Dicen que lo aprenden en la calle al abordar a los turistas, en la televisión cuando ven las telenovelas que no están traducidas.

Tánger es también señorial y lujosa. La parte más alta de la ciudad muestra hermosas casas con bellísimos jardines. Palacetes de famosos o de políticos, el Palacio del Rey, maravilla de las mil y una noches. Tan sólo pasa unos días en verano y sin embargo cientos de guardianes y cuidadores dedican sus días laborales a ello para que nada falte a su rey y a su familia. Por cierto, me contaron que la esposa del joven rey está muy concienciada con las mujeres marroquíes, que lucha por sus derechos,  para que adquieran cultura. Las mujeres marroquíes son muy discretas. Me lo contó un joven marroquí que quería venderme un estuche de plata. Me dijo que tenía una novia en Tánger pero tenía otra en Madrid porque las mujeres españolas son muy buenas para el amor y las de Marruecos son muy reservadas. Vaya usted a saber. ¿...?

Tánger, puerta de Marruecos. Su magia es grande e invita a introducirse por cualquier ciudad, sin prisa y con pausas. Merece la pena.

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