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10 de octubre de 2013

GUAYAQUIL (ECUADOR) Ciudad de contrastes



















Una iguana gigante hecha en piedras brillantes de colores preside el recinto ajardinado del Hotel Grand Guayaquil. La rodea una frondosa vegetación vertical que cubre dos de las paredes por donde se muestra, a modo de ojo avizor, una redonda vidriera de la Catedral neogótica de la ciudad. El hotel y la Catedral comparten pared, por eso asoman, ya liberadas entre la vegetación, las esbeltas agujas del monumento apuntando al cielo azul. La iguana posa indiferente ante los curiosos ojos que la ven por primera vez. Muy cerca, en la siguiente manzana la Plaza de las Iguanas. En ella, cientos de ellas dormitan perezosas o caminan voluptuosas entre palomas, niños, mayores y jóvenes que las miran con indiferencia, les dan comida o caminan con cuidado para no pisarlas. A veces, se amontonan unas sobre otras. Las hay de un color verde vivo, las más jóvenes, las adultas adoptan un color terroso. Pese a su inquietante apariencia que nos transportan a aquellos tiempos de dinosaurios, las iguanas son tranquilas y no atacan nunca. Incluso son asustadizas pues el ruido de los coches las espanta y no osan salir del parque. Por la noche desaparecen para dormir en las copas de los árboles.

Guayaquil, una ciudad de mil caras, de múltiples facetas y de infinitas impresiones. Pasear por el flamante Malecón del Salado junto al río Guayas es toparse con modernos paseos, espectaculares estatuas, restaurantes, cafeterías, tiendas de artesanía, parques infantiles donde los juegos más modernos y sofisticados hacen las delicias de los niños. El Palacio de Cristal, un precioso edificio que hace muy pocos años era la antigua lonja del pescado se nos muestra diáfana y sobria. Allí, el pescado que sobraba se pudría y el olor era insoportable. Las ratas se habían hecho dueñas del lugar. También los maleantes, prostitutas y gente de mal vivir eran lo más frecuente. Cuando nos cuentan todo esto sorprende que esta transformación se haya producido en tan solo diez años. El alcalde de la ciudad propuso a los ciudadanos que eligieran dónde querían que fueran a parar sus impuestos, si al Estado o a la ciudad de Guayaquil. Para ello les entregó un formulario con dos casillas y tendrían que señalar la que quisieran. Todos eligieron que los impuestos irían para su ciudad. Y así, de norte a sur y de este a oeste la ciudad fue cambiando su fisonomía hasta convertirse en la que hoy se muestra: moderna, limpia, cultural, sin tabaco. Sí, sin tabaco, las gentes de Guayaquil apenas fuman. Al parecer las campañas antitabaco dieron sus frutos, No se ve a la gente fumar, ni colillas por el suelo. Un ejemplo a seguir. Según nos contaron el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot no está muy bien visto por el Gobierno. Natural, pero la mayoría de los ciudadanos siguen dándole su apoyo. 

Se pueden dar paseos en barcos por el río Guayas mientras emergen por sus márgenes los modernos edificios, algunos de sofisticadas formas como el conocido como “el destornillador” por su forma retorcida. En su interior oficinas de todo tipo. Choca todo este modernismo de corte muy europeo con la población, en un setenta por ciento mestiza. Población amable y solícita que no escatima información cuando se les pregunta. Llama la atención el perfecto castellano que utilizan, algo que se repite en todos los países latinoamericanos, que se expresan de forma correcta con frases impecables y utilizando un fluido vocabulario en contraste con el que se utiliza en España en la actualidad. 

El Malecón se extiende a lo largo de dos kilómetros y medio y finaliza en el Cerro de Santa Ana. Este cerro se muestra abigarrado de casitas de colores, parecidas a las favelas brasileñas o a los ranchitos venezolanos. Antes de la transformación era lugar intransitable y temeroso. Nadie osaba acercarse por allí porque el peligro era inminente. Hoy la rehabilitación popular, ese esfuerzo económico de los ciudadanos lo ha convertido en un lugar turístico de primer orden donde las calles limpias y ordenadas muestran fachadas de madera, de preciosos balcones y ventanas abiertas donde se vende todo tipo de artesanía, donde abundan las galerías de arte en las que se exhiben obras de afamados artistas. Muy próximo el Museo Municipal de la Música porque “la música popular refleja el alma de los pueblos”. El museo está dedicado a Julio Jaramillo, un cantante porteño conocido internacionalmente porque sus canciones llegaban al alma: “Quiero que seas feliz mientras yo viva, y que no tengas ni un dolor, siquiera…” Fotografías, instrumentos musicales, recuerdos, canciones, cartas, todo lo que la sensibilidad del artista quiere y conserva se puede ver allí. 

Y no muy lejos, el Centro de Convenciones Simón Bolivar, un espacio cultural donde actúan artistas de primera línea como Luís Eduardo Aute, al cual tuve la suerte de ver y escuchar por casualidad. El mismo Aute tuvo elogios para la ciudad a la cual no visitaba hacía años aunque su esposa es de Guayaquil y a la que conocí en Madrid siendo ambas estudiantes en la misma escuela. 

Guayaquil, como digo, es ciudad de múltiples facetas porque algunos nos dicen que podemos pasear por las calles a todas horas sin peligro alguno y otros, por el contrario, te advierten que no se te ocurra pasear por la noche ni tomar un taxi porque pueden robarte, apalearte, incluso matarte. Yo tuve suerte pues utilicé algunos, incluso autobuses públicos, paseé por la noche y no encontré nada inquietante. La policía está por todas partes, en cada calle, por el Malecón, en las puertas de los hoteles, incluso en el Cementerio, uno en la entrada y alguno más en el interior. No se pueden hacer fotografías, nos advirtieron aunque ya habíamos tomados unas pocas. 

El Parque Histórico, junto al río Duale, una prolongación del Guayas nos sorprendió por su ambiente tropical donde existen tres zonas perfectamente delimitadas: Zona de vida silvestre, Zona Urbano Arquitectónica y Zona de Tradiciones. Las aves acuáticas, el venado colorado, las tortugas, los papagayos entre otras especies componen la zona silvestre. La zona arquitectónica exhibe una soberbia casa colonial que perteneció a Julián Coronel. Allí nos esperan sus “moradores”, actores ataviados con trajes de época recreando la vida de la casa, donde el amor, los celos, la represión, la picaresca y todo lo que de las relaciones humanas se desprende, para hacer las delicias de los visitantes. Por último en la zona de tradiciones pudimos ver el Jardín de Agua, el de Niños, la Casa Campesina, el Hospicio Corazón de Jesús. Todo ello perfectamente señalizado y ambientado. Una visita indispensable para todos los que llegan a Guayaquil. 

Pero hay muchos aspectos que me dejo en el tintero porque Guayaquil ofrece mucho, mucho más que supera lo imaginable.


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