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3 de abril de 2010

Concheros Hispanos en la ermita de El Rocío












Una vez al año esta asociación "Concheros Hispanos" se reúne en el Rocío para conmemorar la evangelización de los indígenas mexicanos por los españoles.

Ataviados como encontró Colón a los indios de América, se reúnen y se acercan a la ermita para cantar, danzar y procesionar.

2 de abril de 2010

ISLA ANTILLA "Iberostar"












Acostumbrados a la indiscriminada urbanización de la mayoría de las costas españolas, donde la belleza natural de sus playas ha sido invadida por enormes bloques de cemento donde los apartamentos y las cadenas hoteleras se disputan un espacio para atisbar unos metros de mar para ofrecer a sus ocupantes, resulta soprendente la costa de Huelva, de interminables playas donde la naturaleza se desparrama por doquier para el placer de la vista y del espíritu.

La cadena hotelera Iberostar, ha distribuido a lo largo de estas costas privilegiadas sus magníficos establecimientos. El Campo de Gibraltar, Isla Canela e Isla Antilla son un ejemplo donde se combina el confort y la atención personalizada con el paraje natural de sus costas.

Durante el pasado fin de semana, y de la mano de Francisco Rivero, coordinador de la visita a Isla Antilla y de Miguel del Fraile, un grupo de profesionales de turismo han participado del viaje de familiarización que la cadena hotelera Iberostar ha tenido a bien ofrecerles.

Han sido cuatro días, pero suficientes para reconocer que esta zona del sur de España ofrece, milagrosamente, todo lo que el viajero busca en esta época de prisas y de aprietos: paisaje, naturaleza, silencio, gastronomía, amabilidad, deporte, relax y amistad. Porque de todo esto ha habido y lo que es más importante, el afecto y el recuerdo que permanecerán indelebles en la memoria.

En estas jornadas, además del amabilísimo trato por parte del director del establecimiento Daniel Berrocal, que acompañó en todo momento al grupo, pudieron disfrutar, a placer, de las instalaciones de spa, sauna, jacuzzi y masaje personalizado. El tiempo fue aliado y permitió que la brisa del mar y la caricia del sol fueran cómplices acompañantes.

3 de marzo de 2010

Madrid, siempre Madrid


















Madrid, ¿qué se puede decir de una ciudad en la que nadie se siente forastero?
Pasear sus calles o escrutar sus rincones, siempre resulta sorprendente, aunque se vean las mismas plazas o placitas, amplias avenidas o calles recónditas e inverosímiles. Siempre esa visión cosmopolita y castiza a la vez que estimula y agrada. El trompetista en la misma esquina del Palacio de la Ópera, los jardines del Palacio Real al frente, se va la imaginación a la boda de Letizia y el Príncipe Felipe, se va la imaginación a la mismísima historia de España, a los Austrias, se va la vista a las mangíficas estatuas de los numerosos reyes de España, allí, erguidos sobre sus pedestales, aguantando el frio y el calor, escuchando los murmullos de los enamorados o de los pobres parias que duermen en la calle sobre un helador banco de piedra. O esa familia de amorosos gatitos que hacen las delicias de los usuarios que esperan el tren de cercanías en la estación de Príncipe Pío.

Madrid, entre la nostalgia del pasado y el esplendoroso presente.

Madrid, siempre Madrid.

26 de enero de 2010

Villardiegua de la Ribera














































Aunque el día amenazaba lluvia, nos sorprendió el sol cuando llegamos a nuestro destino: Villardiegua de la Ribera. Una vez dejamos los coches junto a la Iglesia, no sin antes tomar un café en la Casa de Turismo Rural de nuestra amiga Manuela, nos encaminamos hacia la Peña Redonda.
El campo verde, los senderos amables, los árboles semidesnudos, la tierra vibrante, sintiendo que el fluir de la vida que ya está cerca, preparada para el encuentro, para la germinación, para el amor, al fin. La primavera es un canto al amor, que la celebran de la misma forma los hombres y la propia naturaleza.
En el camino nos cruzamos con un jinete, a lomos de su caballo blanco. Cruzamos unas palabras con el inesperado caballista. Disfrutaba del lugar como disfrutábamos nosotros.
Pronto descubrimos, excavados en rocas de granito, pocillas donde, en otros tiempos, los buscadores de oro, lavaban la tierra para encontrar entre ella el preciado metal. Los riachuelos, a nuestro alrededor, con su rápido discurrir, nos invitaban a acercarnos a ellos, nos incitaban a contemplar su belleza, casi nos hablaban. Pequeños molinos, perfectamente restaurados, surgían a cada paso. Las piedras de moler, todavía indemnes. La imaginación se desbordaba, como los torrentes se desbordaban, como las aguas del Duero, allá abajo, casi en el abismo, para la ocasión del color de las tejas, rojizas, oscuras, casi siniestras. Al Duero lo abrazan farallones pétreos, sobrecogedores y bellísimos. El sol iluminando, calentando la vida del lugar, aparentemente tan solitario, pero tan pleno, tan pletórico.
Almorzamos junto a la Peña Redonda, frente a las ruinas del que fuera Santuario de Mamede.
Regresamos cuando la tarde era preludio del ocaso. Caminanos veinte kilómetros, apenas sin darnos cuenta. El cansancio es el mejor premio para un día jubiloso. El cansancio físico es la medicina más auténtica para el cansancio del espíritu.