2 de diciembre de 2009

Yogyakarta (Indonesia)

















En el mismo centro de la isla de Java, se encuentra Yogyakarta, muy próxima al mar.
Lo que, en un principio, llama la atención al viajero son sus motocicletas. Circulan a millares por calles y carreteras. Las ocupan dos, tres y hasta cuatro personas. A veces van niños muy pequeños entre el padre y la madre y otro más mayor, atrás, aunque más de tres personas no está permitido. Los mayores llevan casco protector. Dicen que apenas hay accidentes porque circulan relativamente despacio, aunque si ocurre, las consecuencias son siempre mortales.

En esta ciudad uno se hace, con rapidez, una idea de lo que es la vida de los javaneses y de su cultura. Respetan sus tradiciones y sus normas y nadie osa traicionarlas. La gente es abierta y simpática, entablan rápidamente conversación con los extranjeros si éstos se dirigen a ellos. En su mayoría son musulmanes y la ciudad cuenta con un gran número de mezquitas.

Contrastan los callejones estrechos con las grandes avenidas donde emergen enormes rascacielos que dan un aire de modernidad. Las tiendas de artesanía y de frutas tropicales se pueden encontrar en cualquier esquina, por cualquier carretera. Los coches, algunos de último modelo contrastan con el coche de caballos o la bicicleta.

En las afueras de la ciudad, el gran templo de Prambanan, del siglo IX, dedicado a la trinidad hindú: Shiva, Vishnu y Brama. De una belleza, casi irreal, emerge en el paisaje ante los atónitos ojos del viajero. Siempre es visitado por cientos de turistas y por los fieles javaneses que viven su religión con gran intensidad.

El templo de Borobudur, Patrimonio de la Humanidad, es el monumento budista más grande del mundo y está considerado como la octava maravilla del mundo.

La música y su sonido monocorde acompaña al viajero en sus visitas a los lugares sagrados.

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