8 de julio de 2012

Siria, entre la belleza y el caos

Teatro de Bsra
Palmira, la Gran Columnata
Las mil y una noche
El Tetrápilo
Vista de Damasco

Fue hace siete años, en 2005, cuando visité Siria con motivo del Congreso Internacional de  FEPET  Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo. Nuestro recorrido por el país fue amplio. Visitamos ciudades como Damasco, Malula, Alepo, Homs, Hama, Lataquia, Tartus, Palmira, entre otras. Lugares tan emblemáticos como el Castillo de Saladino, el Castillo de Márqab, el conjunto arqueológico de Ugarit, el Crac de loa Caballeros y otros muchos sitios, todos fascinantes que todavía permanecen en el recuerdo.

La visita a Siria nos permitió abarcar los horizontes de toda la actividad humana que a lo largo de los siglos, sus diferentes civilizaciones fueron dejando. Una lista interminable de particular sonoridad que nos habla de sumerios, amorreos, acadios, hititas, egipcios, hurritas, asirios, cananeos, fenicios, arameos, persas, griegos seleúcidas y Ptolomeos, romanos, bizantinos y árabes nabateoss y gasssaníes, hasta la llegada del Islam y sus sucesivas dinastías musulmanas. Demasiadas emociones y demasiadas visiones para asumirlas en un solo viaje

En 2005 fuimos testigos de una revuelta callejera en el centro de Damasco, oponiéndose ya a su presidente Bashar al-Assad, pero nada hacía presagiar que aquél puntual incidente iba a traer las consecuencias que hoy sufre el pueblo sirio. Pese a que la prensa internacional se hace eco de las matanzas continuadas contra la población civil, no parece que se tomen medidas efectivas para sacar a los sirios de este callejón sin salida. Mientras tanto, el turismo, que crecía año tras año, ha desaparecido y Siria ha dejado de ofrecerse como lugar de interés aunque siga interesando su historia, su arte, su cultura y muchos de los que visitamos el país lo recordemos con emoción.

Damasco está considerada como la ciudad más antigua del mundo y el alfabeto representado en una de las tablillas de Ugarit constituye el primero de la historia. Estamos, por tanto, en el país donde nacieron las primeras religiones y el más antiguo patrimonio lingüístico.

Era viernes en Damasco, día de descanso. Las familias se reunían para beber te, conversar, estar juntas. El autobús nos condujo, a través de una destartalada carretera hasta la cima de un monte. Aquello era una fiesta que se prolongaba desde la misma cima del monte, continuando por ambos arcenes de la carretera hasta concluir en la propia ciudad. Millares de personas celebrando su día de descanso. Los coches aparcados sin orden ni control, mujeres, hombres y niños, sentados en sillas, en el suelo o en pie, disfrutaban de su mutua compañía. No importaba ni el incesante tráfico que circulaba en las dos direcciones ni la gente que se cruzaba de un lado a otro de la carretera. Los automovilistas circulaban con cuidado para no atropellar a nadie. Un caos perfectamente organizado al que los sirios están acostumbrados. Como lo están al deambular por sus calles principales y de pronto, una barra de hierro clavada en la pared puede introducirse en el costado, en el rostro, en una pierna. Como están acostumbrados a caminar entre baches, salvando baldosas sueltas, piedras, un cajón abandonado. Por las calles principales de Damasco se puede sorprender el turista ante un escaparate de ropa interior femenina, atrevidísima, mientras un grupo de mujeres, cubiertas de negro de pies a cabeza miran interesadas y curiosas, apuntando con la mano la ropa interior. Pesadísimas y costosas, pulseras de oro adornan sus muñecas.  Nos dijeron que las mujeres sirias son discretas en la calle y atrevidas en casa, para sus hombres.

En el desierto de Palmira se puede degustar, en un campamento beduino, el mejor cordero del mundo, completamente desgrasado. Allí pudimos comprobar con qué minuciosidad se va despojando la grasa de la carne, una vez asada, con los dedos enfundados en guantes de latex, trocito a trocito. Tras la exquisita cena, el fuego se hace protagonista en medio de la noche y la luna llena, mientras todos bailan al son de la música que no cesa.

Son muchas las maravillas que el viajero encuentra en Siria. Las Torres Tumbas, casi tan impresionantes como las Pirámides de Egipto, El teatro de Bosra, el Sarcófago de Rastán, las famosas Norias de Hama, el Crac de los Caballeros, esa imponente fortaleza edificada por los cruzados en su intento de dominar las llanuras de la Beqá, esa tierra libanesa donde se cultivan excelentes vinos, envidia del mundo. El emplazamiento de esta fortaleza, en la cima de un volcán la hace sobresalir entre campos de un verdor sorprendente.

Pero también existe una vida cultural en la que el teatro, la música, el cine o la danza se combinan con el Festival del Algodón o el de la Flor, la equitación, las artes marciales. Todo cabe en este país de ensueño, ahora atribulado por el terror.

Este breve recorrido por Siria es un pequeño esbozo de lo que el viajero puede encontrarse. Desde aquí, mi deseo para que todo vuelva a la normalidad. Pronto.

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