5 de septiembre de 2013

HUERTA DE REY: Sus gentes y sus nombres











El hombre, en su afán de conocer mundo recorre largos caminos y vaga por ignotos lugares para descubrir nuevos paisajes. Así somos, así es el hombre por naturaleza: andariego y curioso, pero a veces, sin necesidad de alejarnos demasiado de nuestras propias fronteras nos encontramos con lugares insólitos y mágicos repletos de belleza y singularidades que los tenemos ahí, a dos horas de camino.

Me estoy refiriendo a Huerta de Rey, en Burgos, distante de la capital a ochenta kilómetros. Allí nos encontramos un grupo de periodistas convocados por Araceli Arranz, Secretaria General de la FEPET y oriunda del lugar para celebrar no sé qué, o tal vez sí. O, simplemente, por el hecho de encontrarnos y compartir durante unas horas las exquisitas viandas de la tierra donde no falta nunca la exquisita morcilla de Burgos. Y así fue como descubrí Huerta de Rey, una localidad que la atraviesa un pequeño río, el Arandilla, de no más de dos metros de anchura y de 35 kilómetros de longitud, en cuyas orillas brotan rosales, frutos de huerta y vegetación dispar. Las viviendas, unas y otras al lado del río casi se tocan y el vecindario se saluda de ventana a ventana y entabla animada conversación.

Huerta de Rey vive ajeno a la crisis porque el seis de enero de 2012 el pueblo entero fue agraciado con la Lotería del Niño y sus vecinos han sabido invertir en su pueblo para arreglar casas, calles y dotarlo de infraestructuras, como su plaza de toros, orgullo del alcalde y de los propios vecinos. Todo ello ha contribuido a hacer de sus habitantes una vida mucho más amable.

Huerta de Rey está situada en la Ruta de la Lana y en el Camino del Cid, lugares protagonistas de su propio destierro. Adornan el paisaje de Huerta bosques de pino negral y albar, enebros entre los que crecen hierbas olorosas y medicinales. Imaginamos a Araceli, en su niñez, elaborando perfumes que se maceraban en aquellos minúsculos frasquitos de penicilina tan conocidos en los años de infancia. El propio nombre de Huerta de Rey ya sugiere espacio de asueto y relax donde la nobleza antañona disfrutaba de jornadas de caza dado que por allí abunda el jabalí, el zorro, la liebre, la ardilla, la garduña o el gato montés, entre otros. Los altos cerros que rodean y protegen el pueblo son, por sí mismos, guaridas naturales para la abundancia de esta fauna. Y cómo no, en las entrañas de estas voluptuosidades del terreno duermen minerales cuyos nombres nos recuerdan a los que llevan sus vecinos. La caolinita, azurita, malaquita o goethita casan perfectamente con Filogonio, Neomisia, Sicilio, Iranda, Baraquisio, Cancionila, algunos de los nombres por los que responden muchos de sus vecinos y que tal hecho está recogido en el Libro Guinness de los récords mundiales por ser el pueblo, cuyos habitantes tiene los nombres más raros del mundo.

Recorriendo sus alrededores la mirada nos lleva al monte de Zarrazuela donde se divisa un Toro de Osborne. Nos cuentan que hace algunos años, el viento tiró el cartel pero el Ayuntamiento lo colocó de nuevo como símbolo de la gran tradición taurina de Huerta de Rey y alejado de su primigenio emplazamiento, a la vista, solamente, de los habitantes de Huerta.

Si indagamos en la historia de Huerta nos encontramos, en la Primera Guerra Carlista, en 1836, la expedición del general Gómez, en su retirada de Algeciras a Orduña, los carlistas supervivientes se enfrentaron a las fuerzas isabelinas que los perseguían bajo el mando de Espartero siendo reducidos y descalabrados por lo que, rota toda disciplina de las tropas, huyeron por separado hacia territorios vasco-navarros.

En 1918, Huerta de Rey sufrió un incendio que arrasó 300 viviendas y quedaron en la miseria más de 250 familias pero el tiempo y el tesón de sus habitantes consiguieron rehacer sus viviendas y vivir con la dignidad merecida.

Hoy, Huerta de Rey es una localidad próspera y alegre, orgullosa de su historia y de su destino donde sus habitantes celebran sus fiestas conservando sus más rancias tradiciones, tanto religiosas como sociales en el marco de un ambiente de agasajo del que no es ajena ninguna persona que se acerque por allí.



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