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23 de septiembre de 2016
Senderismo: Fasgar, Campo de Santiago, Colinas del Campo (León) Spain
"Camino de Santiago de la Montaña", así es como se denomina esta ruta donde vamos a recorrer trece kilómetros por la Sierra de Gistredo entre torrentes de aguas cristalinas, fuentes y exuberante floración que crece entre robles, acebos, abedules o serbales. Este recorrido fue muy popular hasta la publicación del Código Calixtino en siglo XII que dio origen al Camino Francés.
Se inicia el camino en la plaza de Fasgar, sobre el río Gordo que discurre subterráneo. Transcurrirá una hora larga para salvar los tres primeros kilómetros ascendiendo hasta llegar al collado. Mitiga la subida la sombra de la montaña que nos cobija y las fuentes que vamos encontrando por el camino como la Fuente del Abedul, con tres caños. También veremos versos tallados en las piedras. Por fin, a una altura de 1640 metros llegamos al collado del Campo de Santiago desde donde se contemplas las majestuosas montañas del Bierzo. Comienza la bajada, casi siempre, sobre un suelo pedregoso, en ocasiones difícil e intransitable, hasta llegar a la ermita tras haber recorrido más de tres kilómetros. Esta ermita se halla situada a 1487 metros de altitud y se nos muestra bella y airosa en medio del paisaje. La etapa siguiente es la bajada hacia Colinas. En este lugar, hubo un tiempo en que los romanos pasaban el oro de un valle a otro. Se divisan varios saltos de agua de gran belleza mientras el bosque nos va acompañando. Por esta zona, algo más escarpada, entre un tupido bosque nos encontramos con humeiros, chopos, cerezos y serbales. La fuente de San Juliano nos ofrece el agua con propiedades curativas. Por fin llegamosnos a Colinas del Campo de Martín Moro Toledado, el nombre más largo de España. Este pueblecito, declarado conjunto histórico-artístico por la Unesco es de una gran belleza. Las calles empedradas, el agua del río que discurre entre las casas va dejando, a su paso, su sonido característico. La mirada se dirige hace las casas, todas de piedra y tejados de pizarra. Las balconadas de madera repletas de multicolores y bien cuidadas flores. Un imagen bellísima y relajante. Nos llama la atención la ermita con el arco que se empina por encima de la calle. Cuenta la historia que en el siglo X, en el Campo de Sanatiago se libró una fuerte batalla entre las tropas de Ramiro II y las de Almanzor. Las tropas musulmanas iban comandadas por Martín Moro, natural de Toledo, de donde procede el nombre de la localidad.
Esta valle es de origen glaciar y está rodeado de peñas que superan, en ocasiones, los 2000 metros como el Catoute, Valdeiglesias, donde nace el río Boeza, afluente del Sil.
En el mismo Campo de Santiago existió un hospital para peregrinos llamado Armenia.
17 de septiembre de 2016
MONASTERIO DE MORERUELA (Zamora)
“Uno de los primeros monasterios
cistercienses edificados en la Península Ibérica.”
Historia
Fue a finales del
siglo XI cuando la orden de los cluniacenses estaba en franca decadencia. Por
ello, un abad francés llamado Roberto de
Molesmes decide fundar una nueva orden monástica católica reformada de la que,
posteriormente, surgiría el Cister cuya filosofía era llevar una vida más
austera que huyera de la suntuosidad, siempre decadente, para dedicarse a la
oración y al trabajo.
Muy pronto, ese
estilo de vida va calando en toda Europa contribuyendo a ello San Bernardo de
Claraval. En España, en pleno fragor de expansión monástica, ya a mediados del
siglo XII, se inicia la construcción de un monasterio por mediación de Ponce de
Cabrera, que mandado por el Rey Alfonso VII, dona la villa de Moreruela a unos
monjes los que, inmediatamente, se verían atraídos por las ideas de San Roberto
y San Bernardo por lo que colgaron los hábitos
cluniacenses negros por los blancos de la orden del Cister, cambiando
también la advocación de Santiago por la de María. Así se constituye el
Monasterio de Santa María de Moreruela.
A partir de ese
momento, la orden va ganando adeptos y recibe donaciones, ingresos económicos
de reyes, nobles e incluso de campesinos, lo cual permitió realizar las
sucesivas obras que se irían construyendo a lo largo de los siglos.
La iglesia y el
claustro datan del siglo XII pero el monasterio tal y como era, fue remodelado
en el siglo XVII. La decoración del edificio es escasa aunque se nota la
transición del románico al gótico en algunos adornos florales y en la bóveda de
crucería.
La
vida de sus moradores
Los monjes blancos, así se les llamaba, acogían a los
peregrinos que recorrían la Vía de la Plata en busca del Camino de Santiago,
dándoles alivio, cobijo y descanso.
Entre los siglos XVI y XVII se levantó la Hospedería
del Monasterio que además contaba con un hospital. Junto a la Hospedería se
levantó un claustro al que se accedía por varias puertas. En una de ellas, en
la puerta norte, se pueden ver algunas conchas evocadoras del Camino de
Santiago.
Lo más espectacular, pese a todo lo imaginado, es la
Iglesia y la Sala Capitular, los espacios donde se desarrollaban las
actividades más importantes de los monjes. La Iglesia era el lugar de mayor
importancia ya que a ella acudían los monjes, siete veces al día, para rezar. Aunque la iglesia tenía un marcado
estilo románico tiene algún adorno del nuevo estilo que iba imperando, el gótico.
La cabecera del templo es la parte más antigua del monasterio, del siglo XII.
La capilla mayor se sustenta por ocho columnas muy esbeltas. El ábside es
semicircular de donde parten seis absidiolos y en cada uno de ellos existía un
altar. No sobraba ninguno de ellos pues eran muchos los benefactores de la
orden fallecidos por lo que todos los días se decían misas y la orden no
permitía celebrar más de dos en el mismo altar.
Las bóvedas son de estilo gótico, con ojivas y
algunos capiteles e imostolas estaban decorados con motivos vegetales.
Desde el exterior se divisa una extraordinaria vista
de la cabecera, apreciándose con detalle la armoniosa superposición de niveles
de los distintos motivos ornamentales entre los que llaman la atención los
pequeños símbolos y marcas que iban dejando los canteros a medida que
trabajaban la piedra. Era la forma de imprimir su firma, dejar su impronta.
Para bajar a la iglesia los monjes bajaban por una
escalera que se comunicaba con sus aposentos. Frente a la escalera se hallaba
la sacristía y frente a ésta la puerta que conducía al cementerio. En el lado
opuesto a la cabecera se encontraba la puerta del pueblo que daba a una torre
semicircular y a la puerta de conversos, por donde se accedía para realizar sus
tareas. Era el ala de conversos. Éstos iban atraídos, bien por vocación o bien
por un plato de comida y techo y realizaban las tareas más mundanas como la
atención del ganado y de la granja. Se cree que había una reja en la mitad de
la nave central que dividía, para
separarlos, a los monjes del pueblo.
Desde la iglesia se pasa a la sala capitular y al
claustro. Estas dos estancias se encontraban orientados al norte por eso era la
parte más fría del monasterio. En verano los monjes se paseaban por allí
mientras rezaban sus oraciones o se sentaban en los bancos distribuidos por el
recinto.
Era costumbre que se leyera en presencia del Abad,
diariamente, los capítulos de la Regla, se discutían cuestiones referidas al
monasterio o se hacían confesiones públicas. Todo ello era seguido con mucho
respeto, a través de las ventanas, por
los conversos.
Sólo podían ser enterrados en el monasterio los
abades y algún benefactor de la orden. Ello suponía todo un privilegio.
Destacaba el sistema de canalización que circulaba
por todo el monasterio que vertía a un desagüe subterráneo parecido al que
utilizaban en ciudades tan importantes como Dubrovnik en Croacia o La Valetta
en Malta.
Había otras muchas dependencias, una de las más
importantes era el locutorio donde el prior repartía cada día las tareas que
cada monje debía realizar. Había también una estancia pequeña donde, se supone,
se recluía a los monjes indisciplinados.
En otra sala había un pasaje por donde se accedía a la huerta y allí era donde se
limpiaba y engrasaba el calzado y también se cortaba el pelo. De este recinto
se partía a la bodega, muy alargada, para que cupiera el lagar donde se hacían
deliciosos vinos. Hay que decir que los monjes eran autosuficientes. No tenían
necesidad de comprar nada.
La visita al monasterio se termina en el ala de los
novicios, la cual pertenece al siglo XVII. Aquí pasaban gran parte del día los
novicios, los que pretendían entrar en la orden.
En 1931, el Monasterio de Moreruela es declarado
Monumento Nacional.
El monasterio de Moreruela, situado cerca de la Vía romana de la Plata, se encuentra cerca del río Esla, en la finca de la Guadaña, enclavada en el término municipal de la Granja de Moreruela en la provincia de Zamora (Castilla y León, España).
Los límites naturales de la zona son: al Norte, Breto y Riego del Camino; al Sur las Lagunas de Villafafila y al Oeste el río Esla. La comarca limita con el Valle de Vidriales y la Corona de Manganeses de la Polvorosa, zonas de abundantes vestigios asturianos, visigodos y tardorromanos. Al Noroeste, Sanabria, con el monasterio de San Martín de Castañeda. No lejos del monasterio, a unos seis kilómetros, se encuentran las ruinas medievales del castillo de Castrotorafe.
El valle dónde se encuentra ubicado el monasterio es fértil con gran abundancia de agua, al estar próximo al río Esla, y los terrenos que lo circundaban en otro tiempo eran pantanosos.
21 de abril de 2016
RUTA POR LOS "REALES SITIOS"
Desde tiempos inmemoriales hemos sabido que a los reyes les
han gustado los deportes de la caza y de la pesca y, los monarcas españoles, han disfrutado
de estas actividades desde que se instauraron las monarquías.
Son muchos los lugares, de norte a sur y de este a oeste, de
la Península Ibérica, donde los reyes construyeron sendas, allanaron caminos y
levantaron diferentes infraestructuras para conseguir que este deporte de la
pesca facilitaran los accesos, no siempre fáciles, y poder asentarse junto a
los ríos con comodidad, en rincones y vericuetos inverosímiles.
Vamos a adentrarnos en una ruta denominada: “Los Reales
Sitios”, que debe su nombre, precisamente, a que el Rey Carlos III acostumbraba
a pescar por estos lugares y decidió acondicionarlos para facilitar los
accesos. Las diferentes actuaciones junto al río tuvieron lugar entre 1767 y
1769. Desde entonces se puede seguir el mismo recorrido que siguió el monarca a
lo largo de nueve kilómetros, desde el
nacimiento del río Valsaín, o Eresma, donde vamos a ir descubriendo una suerte
de represas, muretes, escalinatas y pesquerías, hasta llegar al embalse
segoviano de Pontón Alto.
Lo primero que llama la atención es el esmero con el que
están hechas las diferentes infraestructuras, integradas perfectamente en el
paisaje y sin romper la armonía del entorno. A veces, las propias raíces de los
árboles, en perfecta simbiosis con la tierra, fijan el firme de los senderos facilitando el
paso sin que se haya tenido que recurrir al cemento y a otros materiales artificiales como ocurre en muchas
márgenes de los ríos de España. Todo, a la vista, es naturaleza.
Las aguas del río descienden bravías entre rocas gigantes o
se desparraman por valles abiertos donde abundan las grandes praderas y los
exuberantes bosques de pinos, mientras se pueden contemplar las cimas de la
Sierra de Guadarrama con el Pico de Peñalara. Más adelante nos encontraremos
con el Puente de los Canales, construido en el siglo XVI en tiempos de Felipe
II, en piedra de sillería. Son 27 pilares los que sujetan el canal de madera.
Esta construcción es de una belleza espectacular. Sirvió para canalizar el agua
desde el arroyo Peñalara hasta el Palacio de Valsaín y llama la atención, en la
pieza central del arco, el águila bicéfala, escudo imperial de Carlos V.
El tiempo va transcurriendo placenteramente sorteando
pequeños quiebros o recovecos que el agua ha ido conformando a lo largo del
tiempo y que, caprichosa, gira a la derecha o a la izquierda, se empina por algún
repecho o baja en gráciles cascadas. A
nuestro paso, algunos caballos pastan
apaciblemente, ajenos a los murmullos de los que invaden su hábitat.
El camino va mostrando las huellas de épocas pretéritas
donde la monarquía fue dejando su impronta. Sobre una roca granítica, una
corona real, tallada, donde aparece la fecha de 1768 y el sello real de Carlos
III. Se encuentra en el tramo comprendido entre los Asientos y la Boca del
Asno.
Concluye el recorrido, tras doce kilómetros de marcha, en la
Granja, un lugar visitado constantemente por los madrileños y por los miles de
turistas que llegan a diario para disfrutar de la ciudad, de los magníficos
jardines y de sus estatuas, románticas y bellísimas, donde los arquitectos de
la época y los diferentes artistas dejaron, para la posteridad, espectaculares
edificios señoriales de gran belleza.
Destaca, sobre todo, el Palacio Real de San Ildefonso, un
edificio que sufrió numerosos incendios y reconstrucciones hasta que se
construyó uno nuevo, del gusto de la dinastía borbónica, cuando llegó al trono
de España.
Otra de las visitas obligadas es a la Real Fábrica del
vidrio donde se fabricaron las vajillas y cristalerías con las que se dotaba a
las casas reales y que exportaban a otras casas reales de Europa por la belleza
con la que estaban realizadas. Todavía utilizan la técnica del soplado y son
muchas las piezas que se siguen fabricando y que se exportan a todas las partes
del mundo.
Una ruta recomendable que se remata con el descanso obligado
en esta bella localidad de La Granja de San Ildefonso para disfrutar de su
belleza, de su arquitectura, de sus monumentos, de su gastronomía y para
recrearse en su pasado histórico.
15 de febrero de 2016
Crucero por el Mediterráneo
Nápoles
Roma
Túnez
En Taormina
Una calle de Taormina
Teatro romano, Túnez
El barco zarpó desde Barcelona. Navegamos toda la noche y
durante todo el siguiente día hasta llegar a Túnez. Para entonces, gran parte
del pasaje nos habíamos conocido. La primera sorpresa es el ambiente familiar pues
son muchas las familias que reúnen dos y tres generaciones: abuelos, hijos,
nietos. Algunos de estos grupos reunían veinte o más miembros para celebrar
bodas de oro, cumpleaños o, simplemente, reuniones en alta mar por el placer de
viajar. Algunas parejas de recién casados son también protagonistas del pasaje.
Primer desembarque en Túnez, un lugar que fue dominado por
los fenicios antes que por los romanos. Cartago, piedra sobre piedra, ruinas
milenarias, muestran algunos recuerdos de gran calado como el anfiteatro, El
Djem, el mejor conservado del mundo.
La mirada se desliza por los inteligentes sistemas de
regadío romanos, todavía en uso. Los paseos por la empinada ciudad ofrecen la
belleza del contraste del blanco y el azul: cielo, mar, puertas y ventanas azules
resaltan sobre el encalado de las paredes de las casas tunecinas. En los
cafetines, dispersos sobre las terrazas del terreno, se llenan de aromas de las
pipas de agua. El milenario zoco recuerda a tantos otros zocos del vecino
Mediterráneo. Túnez fue un importante destino turístico. Ahora sufre los lances
del terrorismo islamista...
El barco hace su segunda escala en Malta, un país de 316
kilómetros cuadrados hecho de piedra caliza blanca, donde los antiguos
habitantes abrieron cavernas para cobijarse. Hoy, todavía, se extraen piedras
de sus canteras para completar la configuración de su construcción llena de
belleza y armonía. La cultura megalítica en la Edad del Bronce, dejó numerosos
templos que no tienen precedentes en el Mediterráneo. La Valletta nos cobijó
hasta las ocho de la tarde, hora en que partía el barco rumbo a Messina en la
isla de Sicilia. La navegación nocturna y la imaginación nos llevan a las
películas italianas en las que se veían a las familias sicilianas que se amaban
y odiaban al mismo tiempo. Rencillas que se resolvían en entierros, también en bodas
o en bautizos. Encuentros y desencuentros, al fin.
Tras un recorrido de cuarenta minutos en tren, se llega a la
bella y romántica ciudad de Taormina que está situada sobre el nivel del mar a
más de 200 metros. Con algo más de diez mil habitantes, Taormina se muestra a
los turistas sin pudor. Se encuentra en el límite de la provincia de Catania y
se extiende por el monte Tauro, un balcón sobre el mar y frente al volcán Etna.
Su nombre viene del griego, Tauromenion.
Tiene un centro turístico muy importante ya que el
refinamiento por el arte italiano
está presente en las fachadas de los edificios, en los
escaparates donde se exhiben los más exquisitos elementos que se aprecian en
los mínimos detalles. Pero la mirada se distrae hacia la escarpada costa donde
se exhiben las más bellas mansiones –algunas de los capos más famosos- .También
se ven algunas construcciones semiderruidas que demuestran que la mafia
siciliana es tan añeja como la propia isla. Nos dicen que en Sicilia no se
puede pronunciar nunca la frese “no existe”. Trae mala suerte. No supimos
descifrarlo.
Un clima templado confiere
a Taormina una exuberante
vegetación floral que explota en balcones, ventanas, escaparates. Todo es
colorista y primaveral.
Mientras recorríamos el teatro de Taormina, también conocido
como Teatro griego o greco-romano nos
sorprendió un violento aguacero que hizo
que corriéramos a refugiarnos en el foso. La situación privilegiada del
teatro permite contemplar la localidad
de Giardini-Naxos y el volcán Etna.
Aunque el teatro se construyó en época helenística, se
reconstruyó en tiempos de la dominación romana. Lo utilizaban para la lucha de
gladiadores.
Nuestro próximo destino Nápoles y nuestra primera visita a
la ciudad de Pompeya y descubrir cómo vivían los primeros moradores: cómo se
organizaban, cómo comerciaban los pompeyanos hace más de mil quinientos años.
Muchas inscripciones talladas en las piedras nos descubren palabras que
utilizamos en nuestra actual lengua. Muchas relacionadas con el sexo o la
prostitución.
Más tarde nos dirigimos, en otra embarcación, a la isla de
Capri, pero antes, desde un funicular,
pudimos extasiarnos al mirar la costa de Sorrento izada sobre un bellísimo
promontorio rocoso que nos hizo comprender el motivo por el que Capri es
elegida por tantos italianos y tantos europeos llegados de lugares más fríos.
La bonanza del clima, la vegetación, la belleza, en suma, de toda la isla,
además de la riqueza arqueológica de ruinas griegas y romanas completan la
feliz estancia de los que allí arriban. La hora del almuerzo al borde del mar
para degustar los exquisitos platos italianos a base de espaguetis y lasañas. A
un lado los famosos “fararlionis” tantas veces fotografiados, al otro la
“Grotta Azzurra”. Por encima de nuestras cabezas la pequeña iglesia de San
Andrea, invitaba a la oración y al silencio.
El barco se alejaba de Nápoles mientras algunas de sus
cúpulas se iban perfilando en el horizonte. El sol enrojecido descubre una
bellísima puesta de sol y el jacuzzi, en cubierta, funcionando a todo
rendimiento. Por la noche, la penúltima cena. De gala y acompañados del
Capitán. Los platos, como siempre, exquisitos, de primerísima calidad e
impecable elaboración.
Por fin, la Ciudad Eterna, Roma, último destino de nuestro
periplo marítimo. Al llegar a la estación de Civitavecchia, mientras
esperábamos al tren, más de doscientos soldados, perfectamente uniformados,
atravesaban el hall de la estación. Eran tan jóvenes que apenas les había
crecido la barba. Los trajes de camuflaje, los cascos y los fusiles nos
indicaron que les esperaban misiones imposibles.
La Plaza de San Pedro, por fin. Una inmensa tarima de madera
estaba preparada para acoger a miles de fieles que querían estar presentes para
asistir a los actos religiosos de Su Santidad. Era Viernes Santo. En el
interior del Vaticano, siete kilómetros de galerías nos conducían inmersos y
extasiados ante la contemplación de tanto arte para desembocar en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel.
Indescriptible el momento. No se concibe tal profusión de belleza. Al salir, un
hermoso jardín nos volvió a la realidad. Un vigilante nos señaló un rótulo
donde se veían figuras en posición horizontal atravesadas por una tachadura.
Sentarse sin tumbarse, ésa era la cuestión. En mi retina se confundían el Apolo
de Velvedere, el Laocoonte, el Torso de Hércules…Las pinturas, las figuras, los
más maravillosos objetos de porcelana o bronce hacen sentir un síndrome del
arte difícil de definir.
Tras dos jornadas de navegación donde hubo tiempo para las
despedidas y el intercambio de tarjetas llegamos a Barcelona. Atrás quedaban ya
los gratos momentos del desayuno entre nuevos amigos donde un suculento bufet
invitaba a llenar nuestros platos de los más diversos manjares. Atrás quedaron
las conversaciones con los compañeros de mesa: los amigos de Valencia, de
Madrid, de Vigo o de Sevilla. Atrás quedaron las noches de baile y atracciones,
de juegos y de magia.
Un crucero es siempre recomendable: por el Mediterráneo, por
las Islas griegas, por los Países Bálticos, por los Países Escandinavos….un
crucero garantiza lo que cualquier viajero anhela para sus vacaciones porque
nunca se verá decepcionado.
7 de noviembre de 2015
GOSLAR, EN LA BAJA SAJONIA ALEMANA
Goslar, Alemania, es la antigua capital imperial, a camino
entre Hannover y Leipizig. Situada al pie del macizo de Harz, fue famosa por
sus minas de plata y cobre, las que dieron vida y riqueza a la ciudad hasta
bien entrado el siglo XX. Goslar pertenece a la Baja Sajonia y la cruza el río
Gose. Sus minas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en
1.992.
La ciudad de Goslar está
rodeada de bosques jardines y la protegen murallas flanqueadas por
torres. Destaca la plaza del mercado que se caracteriza por una fuente con
pilas superpuestas y que se remonta a la época imperial. Sus calles y
callejones estrechos y perfectamente conservados constituyen una visión
medieval de gran belleza característica de los siglos XV y XVI y que vamos
apreciando a medida que recorremos sus calles empedradas, los pequeños canales
y las casas con entramados de madera que se conservan exactamente igual desde
hace más de quinientos años.
Llaman la atención, a nuestro paso, algunos edificios como
el castillo, del siglo XI, el Ayuntamiento del XV, el hotel Kaiserworth abierto
desde 1494, lo que lo convierte en uno de los hoteles más antiguos del mundo, o
el hospicio de St. Anne, activo desde 1498. Y así, vamos descubriendo
iglesias, exquisitos rincones que captan
inmediatamente la atención del viajero como la Capilla de San Ulrico.
Pero no sólo el pueblo es histórico. Muy próximo se
encuentran las minas de Rammelsberg, que estuvieron en funcionamiento durante
más de 1000 años hasta su cierre en 1988. En 1992, las minas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad, y
es cuando se inicia la reconversión en una atracción turística y hoy en día
constituyen una visita muy interesante, ya que se pueden ver réplicas de las
herramientas y mecanismos utilizados para extraer el mineral a lo largo de los
siglos.
La actividad de estas minas comienza en el siglo X y no
culminaría hasta 1988. A principios del
siglo XI, el emperador Enrique II, atraído por la riqueza de la zona manda
construir el palacio al pie del Rammelsberg desarrollándose la actividad de la
ciudad en torno a este palacio donde se van construyendo iglesias, capillas y
fuentes que van configurando el aspecto
de la ciudad hasta llegar a ser la sede de la principal residencia del Sacro
Imperio Germánico.
El apogeo de Goslar se sitúa en torno a 1450 y siglo y medio
después se restaura el ayuntamiento y se reconstruyen fortificaciones y
diferentes casas con el típico entramado de madera. En 1552 el ducado de
Brunswick se apodera de Rammelsberg hasta que las minas pasan a Prusia en 1886.
.
En la actualidad, Goslar es una ciudad donde acoge un
turismo de élite que gusta de apreciar una arquitectura un tanto ecléctica,
donde el románico, el gótico, el
renacentista o el barroco confieren armonía y originalidad al conjunto que se
nos muestra como un museo al aire libre.
Goslar recibe un turismo de élite que disfruta recorriendo
tanto sus calles como los alrededores, bellísimos y pintorescos. Existen
restaurantes de gran tipismo donde se sirven los más exquisitos platos de la
rica gastronomía alemana, así como de los excelentes vinos y cervezas sin
olvidarnos de una repostería muy variada. En Goslar, como en toda Alemania se
sirven variedad de licores artesanales realizados con cerezas, ciruelas y un
sinfín de frutos de temperada.
La ciudad cuenta con unos 40.000 habitantes, y éstos, al
igual que el resto de los alemanes son los primeros en proteger, mimar,
conservar y cuidar su rico patrimonio del que se sienten orgullosos.
31 de enero de 2014
Vicenza en el Véneto (ITALIA)
Basílica Palladiana
Villa Capra
Villa Cordellina
Villa Balmarana
José Luís Pecker y Matilde, entrañables amigos, desaparecidos, posando en el centro de Vicenza
Villa Balmarana
José Luís Pecker y Matilde, entrañables amigos, desaparecidos, posando en el centro de Vicenza
Ana y Silvia
Llegamos a Vicenza
cuando caía la tarde y el sol doraba villas y palacios. Una sensación, casi
mágica, envolvía el ambiente ambarino del atardecer mientras las hermosas
columnas dóricas, jónicas o corintias que embellecen muchas de las fachadas de
los edificios, alargaban su sombra en un intento de prolongar la luz solar que
se extinguía por momentos.
La misma calma que envolvía a la ciudad parecían tener los
transeúntes que caminaban por las calles en aquella hora crepuscular. Un cúmulo
de perfección, orden, armonía y belleza imprimía carácter a la ciudad.
Y fue Vicenza, en la región del Veneto, la primera ciudad que me descubrió Italia
hace ya algunos años en mi primer Congreso de FEPET y allí me percaté de que
esta ciudad es diferente a otras ciudades italianas mucho más famosas y
conocidas y que rompía con todos los tópicos de la vieja Italia, porque en
Vicenza todo es mesura y pulcritud, silencio y seriedad, nada que ver con ese
bullicio de esas otras ciudades como Roma, Milán, Nápoles o Florencia, atestadas
de turismo por doquier.
Decían los griegos que la armonía es la medida de todas las
cosas y la armonía ha de interpretarse como paradigma de belleza. Y fueron,
precisamente, los griegos, con su arte y su filosofía, los que influyeron para
siempre en el ánimo del joven arquitecto
Andrea Palladio quien, bajo el mando del Conde Trissino, fue el encargado de
diseñar la arquitectura de las villas y edificios palladianos, todos ellos
Patrimonio de la Humanidad para orgullo de los vicentinos en particular y de
los italianos en general.
En Vicenza fue donde se inició este gran arquitecto como
profesional y en la mejor e inspirada época de su vida cuando todavía estaban
muy presentes en él toda la filosofía de la Grecia Clásica cuando la veneración
por la perfección y la armonía convertía en máxima cualquier intento creativo y
perdurable a través de los siglos. Desde hace 400 años el arte de Paladio se
plasmó en la provincia de Vicenza, en el mismo “Cuore del Véneto” y desde
entonces arquitectos de todo el mundo han viajado a Vicenza para contemplar esa
armonía de líneas y de formas que confiere a todas las villas vicentinas que se
encuentran repartidas por el Véneto.
La Basílica Palladiana en el
centro de Vicenza, es el punto de encuentro y lugar de representaciones
populares. El Teatro Olímpico, maravilla del mundo, roza el límite de la
sublime perfección. Las bellísimas Villa Trissino Tettenero, Villa Caldogno,
Villa Valmarana entre otras, conforman
una sinfonía arquitectónica que hace, en su conjunto, un lujo que se extiende y
embellece tanto en la campiña como en la ciudad. Una visión inenarrable que
trasciende la natural contemplación. Todo ello es, solamente, una pequeña
muestra de toda la arquitectura que se puede encontrar y admirar en esta provincia
privilegiada que disfruta de un envidiable nivel de vida al que aspira toda
Italia, al “Modelo Véneto”.
Muchas de estas villas
palladianas que, otrora fueran residencias veraniegas de antiguos nobles y
aristócratas, en la actualidad, abren sus puertas y se ofrecen generosamente en
las noches de estío o en las espléndidas primaveras cuando los cerezos adornan
con su encaje blanco la campiña para ofrecer espectaculares “conccerti in
villa” donde los violines o las trompetas, junto a los demás instrumentos,
interpretan a Mozart, Hendel, Brahms, Tchaikovsky y otros compositores, para deleite de los espectadores. Un ambiente
donde la luna, las estrellas, los cerezos y el ánimo de los asistentes hacen el
resto.
Pero no sólo es el arte, la
música o el ambiente lo que más atrae de Vicenza. Es también su industria que
se traduce en excelentes productos de primera calidad como son los muebles, los
tejidos, la metalurgia ligera o pesada, la orfebrería.
El sector agroalimentario podría
calificarse de exuberante, tal es la variedad que se ofrece a los ojos y al paladar. Desde las ya citadas cerezas
marosticanas, extraordinarias, los espárragos blancos, deliciosos, cocinados de
las mil maneras posibles, el orujo o las famosas grapas, los vinos en general,
los quesos, envidiados en toda Italia, hasta las fritadas de pescados y
mariscos, el bacalao, las multicolores pastas, sencillas y diferentes, todo
ello, es solamente una parte de lo mucho que ofrece este sector y que sería
imposible de relacionar aquí.
Y también merece un destacado
lugar el sector textil que ocupa un privilegiado lugar en la confección porque,
no en vano, en Vicenza se fabrican todas las prendas de los más afamados
diseñadores europeos que triunfan en los mercados internacionales. La saneada economía
de Vicenza no lo es por casualidad, sino por un compendio de actividades que se
cuidan con rigor y profesionalidad. La artesanía es un buen ejemplo de ello y
se tiene muy presente a la hora de sacar cualquier pieza al mercado. La belleza
es una constante en Italia y el Véneto un lujoso escaparate. Hay que
reconocer la “vena” artística del
italiano porque ni la improvisación ni el azar tienen nada que hacer en la
forma de trabajar de estos artesanos de lujo.
Vivir para soñar en el Véneto.
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