


Sin volver la vista atrás el verano se convierte en dulce y prolongado ocaso de agua y roca.
Qué digo? Acaso la mirada no se queda prendida en el horizonte amable de la lejana juventud?
Todo en derredor es como una caricia interminable que comenzó en la infancia y dura, perdura imborrable en la memoria.
Y continúa cada año la misma sensación de placentero devenir. Los mismos caminos, las mismas sendas. Las moras enzarzadas entre mis dedos. El dulce sabor en los labios. Los pies acostumbrados a saltar sobre las aristas de las rocas, ariscas e indomables.
Nada cambia. Sólo el descenso imperturbable del agua, el ascender del tiempo. Mi tiempo.